Ideas y prácticas intelectuales en la Argentina de comienzos del siglo XX

 

Natalia Bustelo (CeDInCI/UNSAM/Conicet; UBA)

nataliabustelo@yahoo.com.ar

 

 

¿Qué ideas filosóficas y políticas seleccionaron y reformularon los intelectuales argentinos de las primeras décadas del siglo XX dentro del amplio repertorio de libros y autores que llegaban de Europa? ¿Cuáles fueron las vías que dispusieron para poner a circular esas ideas? ¿Qué imágenes construyeron del presente y futuro del territorio en el que realizaban su tarea intelectual? ¿Y qué marcas dejaron en la cultura filosófica y política argentina? Desde hace más de siete años y gracias a diversas becas otorgadas por el CONICET, intento responder a preguntas de ese tipo. Se trata de inquietudes que comparto con los investigadores que integramos el Seminario de Historia Intelectual del CeDinCi -un espacio de discusión mensual al que asisto desde que comencé mi investigación doctoral- y con los amigos y colegas junto a quienes diseñamos el PRIG “Totalidad social y prácticas discursivas. Posiciones filosóficas en el campo de la Historia de las Ideas en Argentina”.

Además, me formulo y busco respuestas a aquellas cuestiones con el equipo docente y los estudiantes de la cátedra de Pensamiento argentino y latinoamericano, a la que me incorporé hace casi tres años. Esta cátedra es el único espacio curricular obligatorio de la carrera de Filosofía de la UBA en el que se estudian sistemáticamente algunos filósofos y pensadores argentinos y en el que se aborda mínimamente el debate sobre la existencia de una “filosofía argentina”. Mencionemos ello como una muestra, entre otras, de que la discusión sobre la posibilidad de una filosofía nacional y/o latinoamericana así como la reflexión sobre la práctica filosófica en Argentina y su relación con la cultura y la política constituyen grandes carencias de esa carrera y de muchos espacios filosóficos locales.

Realicé mis estudios de grado en Filosofía, pero inscribí mi investigación doctoral en Historia, dos disciplinas que se caracterizan por mantener vínculos poco armónicos, sobre todo porque los argumentos y conceptos filosóficos tienden a legitimarse a partir de formulaciones que postulan su trascendencia ante las condiciones históricas. Mi tesis doctoral se tituló “La Reforma Universitaria desde sus grupos y revistas. Una reconstrucción de los proyectos y las disputas del movimiento estudiantil porteño de las primeras décadas del siglo XX (1914-1928)”. El objetivo fue precisar las ideas, prácticas y redes intelectuales de las que se valieron los estudiantes que en 1918 protagonizaron el estallido de la Reforma Universitaria y que desde entonces la prolongaron como un movimiento político-cultural de escala latinoamericana. Junto a ello busqué reconstruir la reacción antipositivista local y la profesionalización de la filosofía, pues ambos procesos se desplegaron en el marco del movimiento reformista. Para ello retomé las preocupaciones y claves metodológicas de lo que en las últimas décadas se llamó Historia intelectual y de los intelectuales, a la que sumé un interés particular por la reconstrucción de la trama de argumentos y polémicas filosóficas. Las preguntas iniciales respondieron al llamado realizado por la Historia intelectual a estudiar no sólo las ideas, sino también las prácticas intelectuales que posibilitan la circulación de las ideas. Entre esas prácticas se destacan la fundación de grupos y revistas culturales, las iniciativas de traducción y publicación de determinados autores así como el desinterés por otros, la renovación curricular de las cátedras, la invitación de figuras extranjeras y la realización de homenajes y conferencias.

Al comenzar la investigación, lo primero que me sorprendió fue el pobre y apenas cuestionado corpus primario sobre la Reforma Universitaria. Pocos dudan de que la Reforma  constituya un acontecimiento significativo en la historia político-cultural de las sociedades latinoamericanas y de su importancia en el proceso de democratización de las universidades así como en la profesionalización de distintas disciplinas humanísticas, entre las que se destaca la Filosofía. A pesar de ello, la mayoría de los estudios sobre la Reforma toman como referencia las fuentes compiladas hace noventa años por Gabriel del Mazo, un líder inicial del movimiento y, desde la década del treinta, un destacado intelectual del ala izquierdista de la Unión Cívica Radical. Del Mazo publicó en Buenos Aires en 1927, bajo el título La Reforma Universitaria, seis tomos -de más de doscientas páginas cada uno- que reproducen su selección de artículos, ensayos breves y manifiestos extraídos de publicaciones estudiantiles latinoamericanas -en su mayoría argentinas- y ordenados según un criterio temático y cronológico. Las compilaciones posteriores -entre ellas las realizadas por el mismo del Mazo- no emprendieron un nuevo rastreo biblio-hemerográfico, sino que seleccionaron y reordenaron las fuentes que del Mazo había juzgado, en 1927, como representativas del movimiento. En la actualidad contamos con unas pocas investigaciones que se documentan en otras fuentes y ofrecen interesantes y novedosos análisis de la Reforma, pero aún no se ha publicado ninguna compilación resultado de una nueva búsqueda y selección.

Ante ese estado de la cuestión, una de las tareas que realicé durante los cinco años que duró mi investigación fue hurgar -destaco el sentido literal- las bibliotecas y los archivos institucionales y personales de las ciudades universitarias de Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Montevideo, Tucumán, Santa Fe y Rosario en busca de materiales -en muchos casos conservados sin catalogación- que permitieran ampliar el corpus primario. Mi búsqueda se orientó a fuentes consideradas por la historia, durante mucho tiempo, como “menores”: las publicaciones periódicas, la correspondencia personal, los folletos y los volantes relativos a la Reforma, fundamentalmente. A pesar de la endeble política de preservación de nuestro patrimonio cultural, hallé varios ejemplares de revistas que los protagonistas del movimiento señalaron como importantes pero que los investigadores no habían tenido en cuenta debido al difícil acceso y a la falta de financiamiento para un rastreo minucioso. Asimismo, accedí a algunas cartas y telegramas que se intercambiaron los reformistas y que fueron relevantes. En efecto, el diálogo franco que entablan quienes se reconocen hermanados en una misma tarea me permitió precisar cómo se tramaron varios eventos reformistas (conferencias, asambleas, homenajes, manifiestos, etc.), cómo circularon libros y figuras y cómo se disputaron los diversos sentidos de la Reforma.

Asimismo, el hallazgo de las revistas estudiantiles me posibilitó volver a las fuentes que había seleccionado del Mazo teniendo en cuenta su espacio original de edición y circulación. Más precisamente, esas revistas me permitieron responder a preguntas como las siguientes: ¿qué lugar editorial se le asignó a un artículo o manifiesto que luego devino una síntesis central del movimiento? ¿junto a qué otros textos, autores y lecturas recomendadas circuló? ¿qué polémicas y republicaciones alcanzó? ¿qué relación tácita establecieron el texto y la revista con acontecimientos que marcaban la práctica intelectual y tenían un carácter tan diverso como la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la conflictividad obrera argentina, la reacción antipositivista y la profesionalización de los saberes humanísticos?.

Antes de precisar en las páginas que siguen las hipótesis y las conclusiones sugeridas por esa ampliación y reorganización de las fuentes primarias de la Reforma, subrayemos que una tarea prolongada y sistemática como la que emprendí sólo es posible gracias a un sistema científico-tecnológico estatal que financie líneas de investigación que se inscriban no sólo en las llamadas ciencias aplicadas sino también en las básicas. Y ese sistema estatal está en riesgo desde hace dos años. En efecto, con la fundación en 2007 del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (del que comenzó a depender el CONICET) y la asignación de mayor presupuesto al área, parecía que se había asentado una base sólida y amplia para la investigación en Argentina. Sin duda, el presupuesto en Ciencia y Tecnología siguió siendo sumamente bajo en comparación incluso con países de la región y el desarrollo de líneas de investigación continuó privilegiando a aquellas ligadas a la patentación agrícola y a las demandas de la industria privada. Pero ello no impidió que creciera año a año tanto la cantidad de becas doctorales y posdoctorales en ciencias básicas y aplicadas asignadas por el CONICET como su planta de investigadores, al tiempo que se ampliaron otros institutos dependientes del mismo Ministerio y se crearon nuevos. Todo ello se ha interrumpido desde hace dos años, pues, a pesar de los masivos e insistentes reclamos de la comunidad científica, se ha llevado a cabo un drástico recorte presupuestario en el área y el Ministerio ha tomado decisiones -como el anunciado “Plan estratégico del CONICET”- que apenas garantizan un mínimo desarrollo de las ciencias básicas.

Volviendo a mi investigación, como hipótesis general propuse que en la configuración del movimiento reformista se cifró lo que Antonio Gramsci había caracterizado como el pasaje del “momento corporativo” de la organización estudiantil al “momento político”. Cuando, en junio de 1918, los estudiantes y jóvenes graduados de la Universidad Nacional de Córdoba interrumpieron la elección del rector e iniciaron simbólicamente la Reforma Universitaria, hacía algunos años que existía en cada facultad un Centro de Estudiantes encargado de reclamos gremiales, como la baja de los aranceles universitarios, la renovación curricular, la asistencia libre y la participación estudiantil en el gobierno universitario. Además se habían fundado algunas agrupaciones y revistas estudiantiles identificadas con el juvenilismo cultural, e incluso se habían organizado tres Congresos Americanos de Estudiantes (en 1908 tuvo lugar el primero en Montevideo, en 1910 se realizó uno en Lima y en 1912 otro en Buenos Aires). Un análisis detenido de esas diversas iniciativas muestra que mientras los Congresos se inscribían en la sociabilidad de las elites político-económicas liberales, en cambio, los centros de estudiantes, las agrupaciones y las revistas tendían a ser fundadas por los hijos de las clases medias acomodadas que comenzaban a ingresar a las universidades. Estos jóvenes, que no podían coronar sus estudios con el viaje de formación europeo, encontraron en las agrupaciones y revistas la posibilidad de alcanzar la instrucción cultural y política que les faltaba. En efecto, las páginas de las publicaciones porteñas Ideas. Órgano del Ateneo de Estudiantes Universitarios (1915-1919) y de los Cuadernos del Colegio Novecentista (1917-1919) no dejan dudas de que en esa primera sociabilidad primó una identificación corporativa, los estudiantes suspendían la polémica sobre los diversos pareceres políticos para organizar sus demandas gremiales y completar su formación cultural. En el caso del Colegio la intervención cultural tuvo un claro programa: impulsar una renovación antipositivista de la filosofía a partir de las tesis de Eugenio D'Ors, José Ortega y Gasset y las corrientes neokantianas.

Pero a esa sociabilidad estudiantil le resultó cada vez más difícil mantenerse en una definición “corporativa”, pues los acontecimientos nacionales e internacionales empujaban a una definición “política” y con ello a la emergencia del estudiante como un nuevo actor político-cultural. En efecto, las revueltas estudiantiles de 1918 coincidían con un ciclo local de conflictividad obrera -que tendría su punto más alto en enero de 1919 durante las insurrecciones obreras y la matanza de obreros y judíos conocida como la Semana Trágica- y con la consolidación de la Revolución Rusa y las noticias sobre una inminente expansión internacional bolchevique. El entusiasmo o el miedo ante un proceso emancipatorio motivaba no sólo la politización de las intervenciones intelectuales, sino también una prolongada confrontación entre la imagen del estudiante como un “niño bien” y como el portador de una determinada “misión social”.

En efecto, la fundación de revistas estudiantiles como las porteñas Revista Nacional (1918-1920), Bases (1919) y Clarín (1919-1920), la cordobesa Mente (1920) y la rosarina Verbo Libre (1920), entre otras, muestra la consolidación del primer periodismo estudiantil de carácter político. A su vez, esas revistas permiten precisar el cuestionamiento de la imagen del estudiante como un “niño bien” que en su tránsito por la universidad confirma -o alcanza- su pertenencia a la elite político-económica para esbozar la imagen del estudiante como un defensor de la Reforma Universitaria y de la cultura de izquierdas. Un estudiante que, en rivalidad con los grupos que definían la Reforma desde un nacionalismo temeroso de la pérdida de jerarquías sociales, bregaba por la emancipación de la humanidad, sea a través de una ciencia preocupada por las injusticias sociales o mediante proyectos de extensión universitaria y eventos que explicitaban la solidaridad obrero-estudiantil.

En cuanto a las conclusiones, las diversas fuentes introducen varias novedades en la historia político-cultural de la Reforma Universitaria. Por un lado, sugieren una reformulación del panteón de líderes reformistas, pues no dejan dudas de que una serie de figuras -entre las que se destacan los filósofos Carlos Astrada y Saúl Taborda- tuvieron una participación protagónica en el ala radicalizada del movimiento y que su olvido se debe a una posterior operación de selección realizada sobre los itinerarios iniciales. Por otro lado, las nuevas fuentes ofrecen información importante sobre grupos y proyectos que fueron centrales en la construcción del movimiento y en la disputa por su definición, pero que no pasaron a la historia, sea por el criterio de selección utilizado por del Mazo, sea porque se trató de iniciativas que tuvieron una vida muy efímera y no encontraron herederos. Entre esos proyectos olvidados, la reconstrucción del arribo de las únicas tres figuras traídas a instancias de grupos reformistas resulta interesante porque ilumina el modo en que esos grupos intentaron tramar el vínculo entre universidad y política. Cediendo a la insistencia de algunos reformistas, la Universidad Nacional de Córdoba financió, a fines de 1921, la llegada del filósofo catalán Eugenio D’Ors y, a comienzos de 1922, la contratación del fisiólogo judeoalemán Georg Nicolai y del economista, también judeoalemán, Alfons Goldschmidt. Estos últimos debían renovar el ámbito de saber en el que se destacaban mientras D'Ors ofreció un ciclo de conferencias sobre los nuevos tiempos. Pero junto a ellos estas tres figuras les proponían a los reformistas un modelo de intelectual en el que el reconocimiento en su especialidad se ligaba estrechamente a las simpatías por la Revolución de los Soviets y la posibilidad de nuevos procesos emancipatorios en otras regiones.

Otra conclusión significativa refiere al tipo de politización del ciclo reformista: la reconstrucción detallada del momento político del reformismo -en el que se inscribe la llegada de D'Ors, Nicolai y Goldschmidt- sugiere la división entre un periodo en el que la identidad de izquierda se construye desde el internacionalismo revolucionario abierto por Rusia y otro en el que esa identidad se asocia al latinoamericanismo antiimperialista. En efecto, entre 1919 y 1923 el movimiento reformista se escinde en una fracción nacionalista, que liga los reclamos de democratización de la universidad y el juvenilismo a un estudiante preocupado por la difusión de valores morales que aseguren un orden social jerárquico frente al caos maximalista, y una fracción izquierdista, que asocia los mismos reclamos universitarios con el entusiasmo ante nuevas revoluciones emancipatorias. Esta última apuesta política se reconfigura hacia 1923, cuando el ciclo de conflictividad local se desacelera y la posibilidad de nuevas revoluciones se aleja. Siguen existiendo reformistas nacionalistas, pero los grupos izquierdistas comienzan a poner en el centro de sus preocupaciones la denuncia ante el imperialismo estadounidense en el continente y pronto logran configurar una identidad latinoamericana y antiimperialista, que devendría característica de la Reforma.

La última conclusión significativa que quiero mencionar refiere al modo en que se tramitó la discusión filosófica en Argentina. En aquel clima de cuestionamiento de los parámetros políticos y culturales vigentes, los animadores locales de la filosofía trazaron un particular mapa de relaciones entre corrientes filosóficas e identidades políticas -mapa que permanecía totalmente desapercibido por los estudiosos sobre el tema-. La posición nacionalista, liberal o izquierdista que asumieron las figuras locales en la discusión política no coincidió con la defensa de una filosofía positivista -ceñida a la racionalidad y determinismo científicos- o de una antipositivista, en la que las legítimas cuestiones filosóficas excedían esa racionalidad para ligarse a la relación trascendental entre sujeto y objeto y a una fundamentación ética que partía del libre albedrío. En efecto, muchos defensores de la exclusividad de la racionalidad científica simpatizaron con el Partido Socialista, en el que hasta 1921 convivieron fracciones que defendían una evolución gradual de la sociedad y fracciones que optaban por un cambio revolucionario, todas ellas admiradoras de la ciencia. Entre estos “cientificistas socialistas” se encontraron José Ingenieros, fundador de la primera Revista de Filosofía (1915-1929), y sus discípulos Gregorio Bermann, Alberto Palcos y Aníbal Ponce. Frente a ellos, varios antipositivistas optaron por un modelo social que repusiera las jerarquías sociales. Algunos de estos “espiritualistas aristocratizantes” fueron jóvenes miembros del Colegio Novecentista y luego profesores reconocidos de la Facultad porteña de Filosofía y Letras, como Tomás Casares, Adolfo Korn Villafañe, Ventura Pessolano y Juan Probst, otros ya eran profesores de esa facultad en el momento en que se inició la Reforma, como Rodolfo Rivarola y Coriolano Alberini. Pero estos alineamientos predominantes no impidieron que algunos antipositivistas tendieran lazos con la cultura de izquierdas, como fue el caso de otros dos miembros del Colegio, José Gabriel y Benjamín Taborga, y de cuatro jóvenes que devendrían figuras destacadas de la filosofía en Argentina, Saúl Taborda, Carlos Astrada, José Luis Guerrero y Deodoro Roca. Asimismo, el filósofo y profesor Alejandro Korn encabezó una fracción de jóvenes reformistas que propició un “socialismo antipositivista” -apuesta similar a la que entonces emprendió desde Lima José Carlos Mariátegui con una originalidad filosófica aún hoy destacable-. Finalmente, también se registraron figuras filiadas al cientificismo filosófico y defensoras de un liberalismo enfrentado al socialismo, como Carlos Octavio Bunge y Matías Calandrelli.

A modo de cierre, mencionemos un rasgo que acompañó al éxito de la reacción antipositivista y a la profesionalización de la filosofía, pues invita a reflexionar sobre el modo en que se práctica actualmente la filosofía. Desde mediados de la década del veinte, la alianza entre filosofía y ciencia fue reemplazada por la vinculación de la filosofía con la literatura, al tiempo que se inició una recepción sistemática de las corrientes neokantianas. Esa reacción antipositivista ofrecía la posibilidad de pensar en una clave no determinista la cuestión de la responsabilidad, y con ello de recortar una problemática filosófica a distancia de la ciencia. Pero su llegada a las aulas implicó un doble desplazamiento: no sólo se desplazó la cultura científica sino también la preocupación filosófica por una sociedad más igualitaria. Es que la profesionalización de los estudios filosóficos consagraba un perfil de filósofo que -a pesar de las apuestas que habían realizado dos figuras clave de la época como Ingenieros, desde el cientificismo, y Korn, desde el antipositivismo- relegaba el diálogo intenso con su época. Un desplazamiento que, sin duda, interpela a quienes en la actualidad realizamos estudios filosóficos en Argentina.