Aguafuertes litoraleñas (no sin arrojo)

Ricardo Cattaneo (UNL-UNER)

cattaneoricardo@gmail.com

 

A veces pasa, que nos encontramos conversando con otras personas sobre temas un tanto alejados de lo que parecieran ser nuestras realidades cotidianas y en no pocos casos solemos hacerlo, como se dice, “tocando de oídas”. Pero cuando la conversación se torna más acalorada y al cabo de un rato nos vemos inmersos en una discusión sin mayor asidero, puede ser saludable preguntarse si estamos en condiciones de llegar a buen puerto con tales planteos. Ahora, ¿qué sería, en tales casos, “llegar a buen puerto”? ¿Cómo orientarnos hacia él, cómo reconocerlo? ¿Es posible hacerlo solo al cabo de la travesía o desde antes de zarpar? ¿Acaso contamos con recursos suficientes para ello?

Para explorar posibles respuestas a esas cuestiones o, tal vez, reformulaciones más incisivas, podemos retrotraernos en primer lugar a una carta de John Locke. En ella, el pensador inglés relata una experiencia anecdótica para darnos a conocer la historia que diera origen a su famoso Ensayo sobre el entendimiento humano. En esa “carta al lector”, aquél médico, humanista y consejero aúlico nos cuenta que, mientras discutían con un grupo de amigos sobre un tema muy remoto, pronto advirtieron que las dificultades no dejaban de suscitarse y que los intentos de resolverlas eran inútiles. En ese contexto, Locke cae en la cuenta que no solo habían tomado un camino equivocado, sino que era preciso examinar, además, las capacidades humanas para saber de qué temas podían ocuparse, antes de verse embarcados nuevamente en otras tantas discusiones infructuosas.

El asunto presentado allí es de interés por varias razones, si atendemos al margen de error que parece acompañar toda conversación humana, a la importancia de su identificación para una nueva búsqueda del conocimiento y a la necesidad de reconocimiento de nuestras limitaciones cognoscitivas para procurar así una convivencia más pacífica, entre muchas otras. Pero con el examen de nuestras capacidades se pone de manifiesto, además, lo que podría llegar a ser una preocupación común, compartida por quienes deseamos saber o buscamos aprender (es decir, filosofar): la preocupación por la crítica; esto es, una cierta actitud por la cual no dejamos de examinar y de discernir aquello que podemos conocer (y lo que no) conforme a nuestras capacidades, escudriñando mediante ella cuál sería el límite entre lo tolerable y lo intolerable, entre lo verosímil o probable, y lo inverosímil o improbable. Y ello adquiere singular relevancia, pensamos, cuando nos vemos poner el mayor énfasis en lo que afirmamos o negamos taxativamente en una conversión, siendo que seguimos quizás “tocando de oídas”.     

Tras esa breve reflexión sugerida por ese gran escritor del siglo XVII, volvamos a revisar su escrito. Un poco más abajo, en el parágrafo sexto de la Introducción de ese mismo Ensayo, aquél filósofo interesado en diversos asuntos prácticos vuelve sobre el tema al recurrir a una metáfora marina: “Es de gran utilidad para el navegante conocer la longitud de su sonda, aunque no pueda medir con ella todas las profundidades del océano; le basta saber que es tan larga como para llegar al fondo de aquellos lugares por donde ha de dirigir su viaje y para evitar [el riesgo] de bancos de arena que puedan hacerlo naufragar.” (Locke, 1999: 20)[1] Se trata de saber navegar, al parecer, no solo guiándonos por el viejo cuadrante para descifrar en los cielos el rumbo a seguir, sino conociendo además el uso de esos otros recursos que disponemos para sortear cualquier obstáculo que pueda interponérsenos. Y ello, aunque con tales recursos no lleguemos a saber a ciencia cierta todo lo que pueda hallarse en lo más remoto bajo la superficie de las aguas. Pero, ¿es posible realizar un examen efectivo de nuestras aptitudes y habilidades (esa “sonda” que disponemos), si no nos hallamos inmersos de algún modo en plena travesía? ¿No se requiere esto último, es decir, hacer la experiencia de la navegación, si con ella pretendemos arribar sanos y salvos? Ahora, ¿solo con ese fin hemos de atravesar sus aguas, para hacer esa experiencia reflexiva de nosotros mismos, poniendo a prueba nuestras fuerzas en la inmensidad de la naturaleza que nos rodea?

A pesar de esa propuesta pragmática de Locke, que reconoce nuestras limitaciones respecto de ese medio abisal en el que nos toca movernos, puede que la mayoría de nosotros prefiera permanecer con todo en tierra firme. Aunque los vientos y las corrientes marinas puedan ser considerados como favorables para la vida humana, ¿no resulta ese medio acuático, al fin y al cabo, bastante inhóspito por su carácter tempestuoso y salino? ¿Por qué es preciso lanzarnos al mar bravío, con qué necesidad hemos de circunnavegar un cierto territorio siquiera? ¿Por qué no conformarnos con el suelo bien conocido, cuidadosamente cartografiado y celosamente cultivado?     

Una renovada indagación sobre tales cuestiones podemos hallarla, luego de un análisis pormenorizado de lo que ellas implican, en los escritos de alguien que ha sabido recoger no pocos relatos de viajeros que arribaran al puerto bien guarnecido de su ciudad, junto al mar Báltico. Nos referimos a Immanuel Kant, quien en su “Doctrina trascendental de los elementos” –extenso texto con el que se abre la Crítica de la razón pura- pretendió dejar establecidas tanto las determinaciones propias y la articulación intrínseca de nuestras facultades cognoscitivas (sensibilidad y entendimiento), como la lógica subyacente a un tipo particular de ilusión que es la que nos lleva a errar el camino.

Si sensibilidad y entendimiento nos permiten alcanzar un cierto conocimiento de los objetos naturales que nos son dados o que son creados artificialmente por el hombre, esa ilusión en cambio parece producir un desgaste innecesario de nuestras fuerzas. Y no se trata de una ilusión ocasional, circunstancial o evitable, sino de una ilusión muy especial que el filósofo de Königsberg caracteriza como “trascendental”. Esta ilusión trascendental se produce de forma natural y, según Kant, resulta de “una dialéctica que inhiere de forma inevitable en la razón humana y que, ni siquiera después de descubierto su espejismo, dejará sus pretensiones de engaño ni sus constantes incitaciones a los extravíos momentáneos, los cuales requieren de una continua corrección.” (B355) Nos encontramos otra vez ante la necesidad de la crítica, siguiendo en parte la estela lockeana pero llevando a cabo una reflexión que no se pregunta ya por el origen material del conocimiento, sino por las condiciones formales que lo tornan válido conforme a principios lógicos constitutivos de la misma razón.

Del análisis kantiano acerca de esas condiciones resulta, además, que el entendimiento humano puede avanzar en el conocimiento detallado de ese territorio. Pero, nos advierte Kant, “[…] hay algo que no puede hacer, a saber, fijarse a sí mismo los límites de su uso. Tampoco puede saber qué es lo que se halla dentro de su esfera propia y fuera de ella, ya que hacen falta para ello las hondas investigaciones que hemos iniciado." (B297/A238). De allí la necesidad de la razón de emprender la crítica de sus aspiraciones,  para determinar en forma a priori cuál es el límite de toda experiencia de conocimiento posible. Se trata, al fin y al cabo, de dejar establecida y a buen resguardo su legítima posesión, y no solo de garantizarse una libre navegación: “si el entendimiento no es capaz de distinguir si ciertas cuestiones se hallan o no a su alcance, nunca tendrá seguridad ni sobre sus pretensiones ni sobre lo que posee.” (Ibidem)

Ahora, si la razón ha logrado establecer ese límite, esa frontera entre lo que se puede conocer y lo que no, ¿por qué se lanza a esa travesía por el mar de la ilusión trascendental? Al ir más allá, nos dice Kant, aprendemos que “no nos parece suficiente limitarnos a exponer lo que es verdad, sino que quisiéramos examinar también lo que deseamos saber.” (B296/A237) La búsqueda del conocimiento y lo que deseamos saber no parecen identificarse, pues. ¿Y qué es lo que deseamos saber más allá del interés teórico sobre la naturaleza? ¿Por qué no nos conforma el conocimiento científico y el dominio tecnológico de esa “isla de la verdad” que habitamos, como le llama Kant, y nos vemos llevados, en cambio, a lanzarnos al mar? ¿Qué esperamos encontrar allí? ¿Acaso la razón ve proyectada en esa investigación a fondo su otra motivación incesante, a saber, el interés práctico (esto es, todo aquello que es posible mediante el ejercicio pleno de la libertad humana), que la lleva a prestarle especial atención a los asuntos morales, políticos y religiosos que preocupan a todos? ¿Cómo abordar, por último, el tema de la educación a partir de esos planteos?

Siguiendo con la metáfora escogida para estas reflexiones compartidas, cabe recordar aquellas cartas entre Leandro y Hero, que fueran recogidas por Publio Ovidio Nasón en su obra denominada Heroídas. En tiempos en que prevalecía cierta moralidad heroica, leemos en una de ellas que Leandro parece no resignarse a escribirle a su amada que se encuentra del otro lado del mar Helesponto. Él quiere ir a su encuentro, pero el mar tempestuoso se lo ha impedido: “tres veces dejé mi ropa en la seca arena y tres veces intenté emprender desnudo la arriesgada travesía.” (Ovidio, 1994: 242) Entonces, cuenta las horas para poder hacer el cruce a nado y no espera ayuda especial alguna para su proeza: “que tan solo me den unas aguas que pueda yo hendir con mi cuerpo. No necesito técnica ninguna; ¡que se me de tan solo la posibilidad de nadar! Yo mismo seré navío, marinero y timonel.” (Idem, 247) La carta del joven del pueblo de Abido llega a manos de su amada del pueblo de Sesto, gracias a la única embarcación que ha logrado salir del puerto y concluye expresando su esperanza de un próximo encuentro: “[…] ojalá que solo un poco después de ella, llegue yo.” (Idem, 250)

Hero, por su parte, tampoco se conforma con la espera impaciente al otro lado del mar. Le escribe una carta para contarle de sus temores vacilantes ante el mar embravecido, exigiéndole por momentos que se apresure y en otros que tenga cuidado para no correr riesgos: “oh joven vencedor de las hinchadas olas, procura desdeñar el estrecho de tal modo que no dejes de temerlo; el mar sumerge las naves, construidas con arte, ¿y piensas tú que pueden más tus brazos que los remos? Lo que deseas, Leandro, eso mismo lo temen los marineros: nadar; cuando los barcos naufragan, éste suele ser el desenlace.” (Idem, 260) Hasta que ella también decide arriesgarse para el encuentro: “quizás temas no tener para la vuelta tiempo propicio o no poder aguantar la carga de un esfuerzo doble. En ese caso, cada uno por nuestra parte vayamos a reunirnos en medio del mar […]”. (Idem, 259)

 

Hace unos años, leíamos esos y otros textos con un grupo de estudiantes de Filosofía, mientras nos preparábamos para colaborar con quienes habían decidido participar en las Olimpíadas Nacionales de Filosofía. La idea era sencilla: habíamos tomado conocimiento de que buscaban docentes para que constituyan un tribunal evaluador de los ensayos que escribían los estudiantes de las escuelas secundarias participantes del evento. Y suponían que desde la universidad solo estábamos para eso. Nosotros, en cambio, queríamos ir a su encuentro, acompañar a sus docentes de este inusual emprendimiento, visitar sus escuelas y saber de sus diversos contextos, compartir sus logros y sus tiempos, brindarles nuestros afectos y recibir otros tantos de ellos. La experiencia fue muy enriquecedora y nos ha marcado por dentro. Con el correr de los años, no pocas de esas colegas que participaron del proyecto hoy siguen remando e, incluso, braceando bien mar adentro…             

 

Bibliografía:

Locke, John,  Ensayo sobre el entendimiento humano, trad. de Edmundo O’Gorman, México: F.C.E., 2da. ed., 1999.

Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura, trad. de Pedro Ribas, Madrid: Alfaguara, 16ta. Ed., 1999.

Ovidio, Heroídas, trad. de Vicente Cristóbal, Madrid: Alianza, 1994 (especialmente las cartas de Leandro a Hero, pp. 239-250 y de Hero a Leandro, pp. 251-261).



[1] Hemos revisado y modificado esa traducción, con la colaboración de la Prof. Paola D’Angelo del Inst. Superior del Profesorado Nº 8 Alte. Brown de la ciudad de Santa Fe.