¿Filosofía argentina?

Lucas Domínguez Rubio (CeDInCI/UNSAM-CONICET)

 

1 ¿Filosofía argentina?

Cuando yo terminé de cursar las materias correspondientes a la carrera de filosofía no sabía quiénes fueron, por ejemplo, Saúl Taborda, Coriolano Alberini o Risieri Frondizi. Como es esperable, las distintas asignaturas que forman parte de la carrera —entre otras,filosofía antigua, medieval, moderna, contemporánea, ética, metafísica, filosofía del derecho, estética y gnoseología— analizan la obra de una lista de no más de quince filósofos europeos y estadounidenses. En algunos casos, los programas de estas materias suman los análisis de comentadores también extranjeros. A veces también incluyen los textos producidos por el titular a cargo de la cátedra.Pero en ningún caso por ejemplo se analiza la importancia que tuvo o no tuvo la recepción cada una de las teorías en la Argentina.

Efectivamente, tuve solamente una materia dedicada a autores nacionales y regionales que se llama “Pensamiento argentino y latinoamericano”. A lo largo de su programa leímos bastantes autores locales como Miguel Cané, José María Ramos Mejía, José Enrique Rodó, José Ingenieros y Ezequiel Martínez Estrada, entre otros. La materia es realmente estimulante y a mí de hecho me provocó un gran interés que sobrevive hasta hoy. Pero, con este listado de autores, quiero hacer notar que en ningún momento leímos la producción teórica de egresados de filosofía de nuestro propio país o de nuestra misma región. Por el contrario, la materia se enfoca principalmente en ensayos, obras literarias y algunos artículos publicados en revistas culturales.

Esta evaluación no tiene ningún tono crítico. Considero que tanto el programa de la carrera como el de la materia funcionan perfectamente. Quiero sí usar este ejemplo para poder plantear algunas cuestiones metodológicas involucradas en elegir estudiar la producción de filósofos locales.

El problema es evidente.Como habitualmente se sostuvo,en la región no hubo filósofos de renombre cuya obra haya producido discusiones para ser revisadas. Claro que esta falta de repercusión puede deberse a su ubicación periférica en el circuito tradicional de transferencia de saberes y no a su obra en sí misma. Con todo, como se sostuvo, aquí no hubo producción “original”, los filósofos argentinos “repitieron”, y en el mejor de los casos discutieron, las teorías de los grandes filósofos europeos. Por eso, si seguimos este hilo argumental, no tiene sentido leerlos o al menos investigar sobre ellos. En cambio mejor sí leer el ensayismo latinoamericano, más “original” e históricamente con más alcance cultural.

Así llegamos a un claro problema: ¿por qué leer a estos autores o, si lo hacemos, por qué puede ser interesante hacerlo?Si nos interesa la lógica, ¿por qué estudiar la lógica de Luis José Chorroarín? Si nos interesa la ética tomista, ¿por qué leer a Mariano Velazo? No se trata de una pregunta de relevancia únicamente local, sino por el contrario común a buena parte de los países que no son Francia, Alemania, Italia, Inglaterra o Estados Unidos.

Según la respuesta habitual a este problema, no es desde lo que se considera filosofía desde donde pueden tomar interés estos autores sino desde la historia. Así tanto Chorroarín como Velazco podrían interesarnos si queremos estudiar la historia del pensamiento local. Desde muy temprano, esto llevó a discutir si entonces se podía sostener la existencia de una “filosofía argentina” o debía hablarse de “filosofía en Argentina” o en última instancia de “pensamiento argentino”. Este debate no presupone necesariamente una valoración negativa de la producción filosófica aquí realizada, sino que hablar de “pensamiento” involucraría tanto la elección de un enfoque histórico como la elección de un objeto de estudio centrado principalmente en el ensayismo latinoamericano.

 

2 Historia de la filosofía, historia de las ideas e historia intelectual

Esquemáticamente pueden identificarse tres enfoques posibles.Si vamos desde el más abstracto-filosófico al más histórico, el primero es lo que habitualmente se conoce como historia de la filosofía. De manera general, las materias dictadas que mencioné en el parágrafo anterior toman dos estrategias de exposición: o histórica o problemática. Es decir, o bien eligen un período de tiempo (historia de la filosofía antigua, medieval o contemporánea) o bien un eje de discusión (por ejemplo, ética, gnoseología o estética). En ambos casos, analizan los principales textos de los grandes autores. Spinoza discute con Descartes directamente a través del espacio y el tiempo. Hobbes replica a Aristóteles un una arena intemporal. Sin preguntarse siquiera si conoció efectivamente su obra, desde este punto de vista, Locke está discutiendo los argumentos de Hobbes. Se trata entonces de un recorrido textual exclusivamente interno destinado a evaluar argumentos. El enfoque funciona también como una definición de la filosofía misma y la autonomía que busca como disciplina debe entonces también ser respetada en el momento dehistorizarla.

Esto no es algo exclusivo de la historia de la filosofía. Por el contrario, es el enfoque habitual adoptado para la historiografía propia de toda disciplina. Desde esta perspectiva, la historia ‘interna’ queda escindida de la historia ‘externa’ de las ciencias. Por un lado: historia de la técnica o del desarrollo de las ideas y del conocimiento puro. Por otro lado:su relación con los otros factores políticos sociales, quién y cómo la financia, cuáles son sus usos y sus consecuencias éticas y sociales. En otras áreas disciplinares, esto es lo que permite considerar “neutrales”, por ejemplo, a investigaciones desarrolladas con fines armamentísticos.Como corolario, desde este enfoque el científico no tiene ética ni debe tener cuidados políticos.

Este método ‘internalista’ es el que, decíamos, ha quedado fuera de uso para filósofos con una producción menos densa conceptualmente o carente de discusiones suficientes para ser analizadas. Aunque, quizás sorprenda, en Argentina hubo algunos intentos de aplicar este método de lectura de los textos a los filósofos locales. Específicamente, en el proyecto de Diego F. Pro primó este  enfoque. También en su trabajo definitivo Alberto Caturelli recorre una enorme cantidad de textos que van desde los comentadores de Santo Tomás en la Córdoba del siglo XVII hasta los profesores universitarios del siglo xx argentino.Estos autores entonces brindaron artículos con títulos como “La metafísica del ente de Juan Sepich” o “El concepto de persona en Francisco Romero”.

Sin embargo éste no fue el enfoque habitualmente adoptado. Los primeros autores que quisieron escribir una historia del pensamiento local desarrollaron, casi intuitivamente, lo que después se conoció como historia de las ideas.Esta escuela tuvo una primera versión sistematizada por Lovejoy en Estados Unidos durante la década del cuarenta. Pero también tuvo su versión latinoamericana que nació México aproximadamente una década después.En ambos casos, su objetivo fue pensar métodos y problemas necesarios para estudiar la recepción de corrientes filosóficas en nuevas regiones. En Argentina los trabajos de los mexicanos Leopoldo Zea y JoséGaos resultaron especialmente relevantes. De hecho, gracias a la difusión que tuvieron desde fines de la década del cincuenta, se creó en varias universidades un área de estudio sobre pensamiento argentino y latinoamericano.

Si bien muchas veces resulta difícil encontrar rasgos metodológicos comunes a la gran cantidad de textos producidos desde esta perspectiva, todos ellos coinciden en buscar una lectura de los textos relacionada a su ámbito político-social de producción.Desde aquí, darles importancia a los pensadores locales requiere quebrar la autonomía de la filosofía. Se trató entonces de una serie de reflexiones que todavía continúa y enfatiza la importancia de la lectura de la producción local en busca de su propia idiosincrasia. Incluso hoy en día, hay autores que en esta línea historiográfica insisten en mantener cierta lectura autónoma de las ideas latinoamericanas como objeto de estudio frente a las nuevas perspectivas metodológicas todavía más contextualizantes.

Porque de hecho a partir de la década del sesenta hubo un salto respecto a las herramientas metodológicas historiográficas que se desarrollaron en contraposición a esta “vieja” historia de las ideas. La historia intelectual es la forma de referirse a la historia que toma como objeto la producción de los intelectuales desde distintos puntos de vista. Nombraremos dos. A partir del pragmatismo anglosajón,uno de ellos se propuso dimensionar la importancia de la intención política que tuvo una determinada publicación en su contexto; desde este tipo de lecturas, por más abstracto que sea, todo texto tuvo un objetivo concreto dentro de una discusión más o menos coyuntural.Otra perspectiva fue la historia conceptual. Específicamente este tipo de estudios historiza los cambios de los conceptos, cómo se usaron en determinado momento y cómo estos mismos conceptos se modificaron para obtener otras funciones discursivas.

Se trata entonces de diferentes modos de contextualizar la producción teórica. En un extremo, la historia de la filosofía realiza una lectura interna, autónoma y casi ahistórica de los textos. En la otra punta, la perspectiva metodológica opuesta puede ser caracterizada a partir de las discusiones que trajo aparejada la sociología de los intelectuales promovida por Pierre Bourdieu. Exagerando su punto de vista podría historizarse un determinado campo académico sin siquiera leer los textos producidos por sus protagonistas, ahora considerados sólo homo academicus dedicados exclusivamente a acrecentar su importancia personal mediante distintas estratagemas.

 

3 El problema continúa

 Sin embargo, la producción teórica de los filósofos locales sigue en un lugar ensombrecido. Primero,efectivamente, contamos con unas pocas lecturas ‘internalistas’ que se centraron en sus textos publicados como libros. A partir de estos estudios no sabemos cuál fue su repercusión ni su proyección. En segundo lugar, en tanto     muchos de ellos fueron académicos de leve participación político-cultural, tampoco resultan relevantes como actores sociales o promotores culturales a tener en cuenta. A pesar de esto, recientemente aparecieron algunas investigaciones que con un enfoque interdisciplinario intentaron observar la intervención socio-cultural llevada a cabo por estos académicos e intelectuales. Pero, por lo general, mientras los llamados estudios latinoamericanos han promovido principalmente investigaciones sobre la producción literaria, artística y política, también, incluso desde los nuevos trabajos sobre historia intelectual en búsqueda de polémicas políticas de relevancia, los filósofos académicos argentinos han sido dejados de lado como objeto de estudio.

En este panorama, personalmente me interesó investigar sobre las diferentes decisiones metodológicas que tomaron distintos autores sobre cómo estudiar la producción teórica en un país habitualmente considerado “importador” de ideas filosóficas. En Argentina, fueron los profesores más importantes de las carreras de filosofía los primeros en querer escribir la historia intelectual del país. Por lo cual, la lectura de sus obras requiere una investigación sobre historiografía en las dos dimensiones que involucra la palabra. Por un lado, como una revisión sobre por qué y con qué intereses se escribió la historia. Por otro lado, como una reflexión metodológica sobre cómo se escribió la historia, cuál fueron los enfoques escogidos y cuál fue la filosofía de la historia que estuvo detrás de cada producción.Una investigación como ésta requiere tanto una lectura interna como especificar los vínculos entre los filósofos y sus adscripciones políticas y académicas.

Creo que este recorrido problemático a través de las primeras historias de las ideas argentinas permite observar varios elementos: (i) los supuestos metodológicos utilizados; (ii) la manera en que pensaron la recepción de ideas; (iii) su evaluación del pasado cultural del país; (iv) las genealogías que trazaron en el pensamiento local; (v) su autoposicionamiento como intelectuales; (v) sus distintos diagnósticos sobre sus propios presente político-cultural; (vii) su proyecto cultural en relación a la función social de la filosofía. 

Hay entonces aquí una cantidad de preguntas involucradas propias de la historia intelectual. Pero también así se puede historizar un problema filosófico totalmente fuera de los grandes libros de la disciplina. Me refiero a la recepción de ideas como problema un problema teórico. Ni Aristóteles, ni Kant, ni Hegel, ni Heidegger se vieron con este problema. Todos ellos se autopercibían dentro de una tradición universal casi directa. En cambio, se trató de un problema que surgió en Francia y Alemania a fines del siglo xix, se sistematizó en los Estados Unidos en el siglo siguiente, pero tomó realmente importancia en los países considerados periféricos.De esta manera los pensadores locales toman una nueva relevancia.Al pensar su propio pasado intelectual, su producción historiográfica es el único lugar en donde rastrear las diferentes soluciones teóricas que propusieron.

 

4 Un trabajo de recuperación documental

Hay algo que no quiero dejar de nombrar. Cada investigación histórica requiere una recopilación documental que muchas veces termina estando disponible en distintas bibliotecas. Al menos desde hace más o menos dos décadas este proceso ha logrado en alguna manera sistematizarse y genera una contribución importante por parte de muchos investigadores dedicados al pensamiento y la historia.

Respecto a la filosofía, por las características propias de una disciplina fuertemente centrada en el análisis de los grandes libros, las revistas de filosofía regionales, folletos y acervos archivísticos no se constituyeron como objeto de estudio para los investigadores de la misma disciplina. Como señalamos, la práctica filosófica misma prioriza la evaluación de argumentos en buena medida abstractos. De manera que, al menos en Europa y América Latina, los libros siempre fueron considerados el lugar donde cada autor ha plasmado su pensamiento definitivo digno de ser analizado. Por su repercusión los libros de filosofía suelen estar disponibles en muchas bibliotecas e incluso en internet. Al descentrarse de los grandes libros, la historia intelectual busca otros textos con diferentes formas de intervención como revistas, artículos de discusión política, correspondencia, trabajos de divulgación, trabajos de traducción y trabajos de edición.Como consecuencia, estas investigaciones promueven activamente la recuperación de material documental disperso.

Efectivamente, desde principios de este siglo la organización de bibliotecas partidarias y la creación de nuevos centros de documentación anticipa o coincide con una revitalización más amplia de los debates bibliotecarios y archivísticos. En agosto de dos mil tres, la derogación de la Ley de obediencia debida y punto final y la consecuente habilitación de los juicios de los delitos cometidos durante la última dictadura militar no sólo brindaron una nueva relevancia a la historia reciente, sino que también se dieron de la mano de un fuerte aumento de presupuesto y personal en los proyectos de recuperación de archivos —por ejemplo en la DIPBA, la Biblioteca Nacional y el Archivo General de la Nación. Al mismo tiempo, también producto del mayor presupuesto para la investigación, el crecimiento del CONICET, la Agencia y el FONCYT, en conjunción con las nuevas tecnologías de informatización de bases de datos, propiciaron la creación de nuevos catálogos disponibles para los investigadores. Pero lo llamativo es que este crecimiento no se limitó a los archivos con presupuesto gubernamental, sino además en distinta medida fue acompañado de una organización de las bibliotecas, hemerotecas y archivos de distintos movimientos políticos, el anarquismo, del Partido Comunista, la UCR, y también de algunas entidades gremiales. Todo este proceso trajo la aparición en el país de una nueva literatura sobre archivística y ciencia de la información con sus correspondientes debates, que puede verse por ejemplo en el nacimiento de las revistas Información, cultura y sociedad y Políticas de la memoria.

Sin discutir ahora los límites de este crecimiento en investigación y políticas de resguardo documental, es claro que estos proyectos se vieron enormemente afectados con el nuevo gobierno que asumió a fines de 2015 y que, por ejemplo, propició un drástico achicamiento presupuestario de la Biblioteca Nacional, el CONICET, la Agencia y el AGN.Como consecuencia, este nuevo marco revivió también una serie de preguntas clásicas sobre la importancia de la investigación en filosofía.

 

5 ¿Para qué?

En este contexto, por lo dicho anteriormente, hay que preguntarse por qué es importante la investigación en filosofía. Muy pocos estarán en contra de la utilidad de estudiar al menos una materia de filosofía. De hecho, las carreras de casi todas las áreas disciplinarias tienen una materia teórica aplicada a su propio campo de estudio. Pero, por el contrario, investigar sobre filosofía parece un gasto de tiempo, de dinero, de esfuerzo. Esto no es algo exclusivo de nuestro país ni de este momento. Se trata de una pregunta que contiene la filosofía misma como disciplina. Por esto, cuando la filosofía pasó a ser parte del sistema universitario, fueron los propios profesores los que escribieron las construcciones historiográficas de la disciplina, las cuales, inevitablemente, también tenían que justificar su propio posicionamiento como intelectuales. Nuestro país no fue ajeno a esto problema, sino que, quizás por su carácter de exitoso país agroexportador en continuo desarrollo, fue especialmente permeable a estas discusiones.

De hecho, en contraste con la ampulosidad majestuosa con que el edicto legislativo creó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1896, la nueva institución padeció de burlas y dudas: ¿para qué serviría? Alejandro Korn recordaba la cantidad de comentarios y risas que provocó esta inauguración en el país. Como señaló Rabossi, en compensación tuvo que crearse en el mismo momento la Facultad de Agronomía para “equilibrar” semejante locura. Exactamente 120 años después, en el 2016, la práctica filosófica también se puso en duda ahora por su pertenencia institucional dentro del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET): ¿por qué el Estado debía financiar este tipo de investigaciones?

A pesar de la forma que tomó la discusión oportunamente azuzada en el momento de recorte presupuestario en todas las áreas de la ciencia, es cierto que, sin dudarlo,el conflicto involucra preguntas totalmente válidas. Se trata de problemas de legitimidad intrínsecos a la práctica filosófica y sus problemas de demarcación disciplinarios y profesionales. En comparación a otras disciplinas, su aporte social se aparece como especialmente difuso.Aunque al mismo tiempo suele insistirse con que poseen algo así como un valor intrínseco, no es fácil explicar para qué sirven las humanidades en general.Su propia autonomía involucra beneficios y problemas: la siempre reivindicada libertad de la disciplina redunda en su posible falta de interacción social. Al respecto, el ejemplo predilecto del propio Ministro de Ciencia y Técnica para argumentar hacia dónde tiene que virar el CONICET fue reiterar la inutilidad de los estudios medievalistas: ¿para qué?

Con todo, este hecho tuvo su consecuencia positiva. Profesionales de casi todas las áreas de estudios brindaron argumentos al respecto; y también, entre ellos, investigadores de las más áreas disciplinarias más atacadas,es decir,las ciencias sociales y las humanidades.Las ciencias sociales disponen de su propio basamento empírico y pueden dar respuestas de otro tipo, en principio desde una posición más cómoda. Claro que el debate pronto desapareció de los medios y no pudo darse de un modo serio. Pero motivó a quienes desarrollaron investigación durante los últimos años a considerar sus propias tareas bajo una serie de preguntas. ¿Cuál es el vínculo entre la investigación y la sociedad?O mejor dicho: ¿cómo se nutre la sociedad en general de la investigación científica?

En lo que queda,recopilé y organicé una cantidad de respuestas en defensa de la investigación en humanidades de la siguiente manera resumida y provisoria. Un buen objetivo a futuro podría ser sistematizar los argumentos que circularon con el fin de desarrollarlos para lograr contribuir a esta reflexión necesaria.

Por un lado, tenemos una comprensión del problema que podemos llamar estructural. Con esto nos referimos a elementos cuantitativos que nos permitan dimensionar la función del CONICET.Primero, es necesario comprender su rol respecto al aparato universitario y sus números propios: cantidad de investigadores, personal de apoyo becarios, cuántos recursos dedica a cada área y cuáles fueron sus logros históricos. En segundo lugar, su función en comparación con organismos homólogos de otras nacionalidades. Ambos números nos van a dar una correcta comprensión del asunto útil para evitar tanto el espanto que involucra su aparente enorme gasto y la importancia internacional que adquieren este tipo de centros.

Por otro lado, surgieron otro tipo de argumentos cualitativos que ensayaron distintas formas de pensar las humanidades en relación la sociedad. Va aquí una pequeña puntualización sintética.  

(a)                Si cae uno, caen todos.En primer lugar hay que hacer notar que la investigación que tiene una potencial ganancia monetaria casi siempre es desarrollada con anterioridad por emprendimientos privados. De hecho, los proyectos realizados por equipos de investigación en áreas estratégicas como la biotecnología o las ciencias dela computación tampoco tienen una aplicación inmediata. En estos casos también se trata muchas veces de innovaciones teóricas o de comprobación de hipótesis que contribuyen a la discusión internacional mediante publicaciones periódicas arbitradas y eventos científicos.Efectivamente, quizás contra una primera intuición, el Estado, mediante el CONICET, financia investigaciones que en caso contrario nadie podría llevaría a cabo.

(b)               ¿Quién sino? Esta es una buena pregunta. ¿Quién va a escribir los libros de historia? O mejor dicho: ¿quién querés que escriba el libro de historia que vas a leer sobre un determinado tema que te interese? ¿Leerías un libro que escribió el que tuvo recursos, tiempo y contactos para escribirlo y publicarlo? ¿o leerías el libro de aquel que fue al archivo y su trabajo fue evaluado tanto por una comisión nacional de expertos como por árbitros de revistas internacionales? En todo caso, como sostiene Rosler en su intervención respecto a este debate, las humanidades al menos deberían servir como un “control de daños” de aquello realizado por la divulgación.

(c)                Relaciones necesarias entre la historia intelectual y la historia social. Quizás, para un rival no tan opaco, la historia social no ha sido tan vapuleada. En este caso merece la pena referir a la importancia que toma la historia intelectual como parte imprescindible de comprensión del proceso histórico. En este punto, si pensamos en el máximo nivel de abstracción presente en los libros teóricos de ontología, podemos seguir la hipótesis de Jorge Dotti, según la cual la metafísica es el lugar en donde las creencias comunes de una sociedad toman su forma más acabada.

(d)               Un trabajo de recuperación documental. Como sostuve más arriba, el trabajo bibliográfico, hemerográfico y archivístico realizado por algunos investigadores durante las últimas décadas no es una cuestión menor. Gracias a este tipo de iniciativas se recuperó una cantidad de material que en caso contrario se hubiese perdido y hoy se encuentra a disposición en diferentes espacios acompañados del aparato crítico necesario para su interpretación.

(e)                Investigación y docencia hacia el resto de las disciplinas.Parece indudable (esto no va a ser argumentado acá) que profesores con disponibilidad para la investigación pueden ofrecer una nueva perspectiva al presentar sus propios temas, al menos con más problemas y matices. Al mismo tiempo, sin dudas, enriquece las materias humanísticas pertenecientes a los programas de estudios de distintas carreras cuyo eje central es otro.

(f)                 Contraejemplos concretos. Una linda forma de argumentar y contraargumentar son los ejemplos específicos. A partir de esto el ataque sistemático desde los medios y las redes sociales fue realizada puntualizando títulos u objetos de investigación aparentemente ridículos. Sin entrar en detalles, hay que destacar que los proyectos aprobados fueron parte de un lugar de trabajo bien puntuado, a su un director aprobó su viabilidad, los evaluadores le dieron una buena puntuación y una comisión de especialistas en el área lo aprobó. En definitiva, se trata de un organismo autónomo perfectible difícil de criticar desde afuera sin conocimientos disciplinarios especializados. Por suerte, los responsables a cargo de estas mismas investigaciones salieron a justificarlas. Sin mirar estos casos, lo que es mucho más fácil es ilustrar los aportes concretos ineludibles realizados recientemente en historia y filosofía.

(g)               Un trabajo de recuperación argumental. Ya sea por su alcance social o su repercusión, es difícil no reconocer el aporte concreto de determinados libros de historia y filosofía. Parecería innecesario decirlo. Pero esos libros están construidos por muchas otras investigaciones, propias y ajenas, sustentadas en decenas de trabajos académicos únicamente consultados por especialistas. Los trabajos intelectuales o periodísticos que logran esclarecer una zona de la actualidad socio-política no lo hacen desde el vacío, sino en todos los casos sustentados de armazones teóricos e históricos construidos por toda una comunidad.

(h)               Por los cambios sociales. El ejemplo actual más concreto lo constituyen los estudios de género que en conjunción con distintas organizaciones activistas lograron visibilizar problemas sociales y materializar cambios legislativos y gubernamentales como la ley de identidad de género o las políticas públicas destinadas a prevenir femicidios. Pero sucede que, también en otras áreas, los actores académicos suelen ser a la vez promotores de políticas públicas, asesores especialistas  y voceros encargados de dar los debates públicos. Los ejemplos son muchos. En los últimos años, discusiones públicas y legislativas sobre los problemas del monocultivo, la ley de medios y el voto electrónico fueron ocasión de consulta a especialistas en diversas áreas.

(i)                 Por un modelo social de investigación interdisciplinario. En relación con el punto anterior, la pregunta sobre el vínculo entre investigación y sociedad posee una productividad todavía no explorada que en la inevitable actitud de defensa de lo conseguido puede impedir pensar modelos más amplios. En una charla reciente realizada en una de las actividades de este conflicto de recorte, un investigador distinguió al menos tres formas de pensar la organización de la investigación y su vínculo con la sociedad. En primer lugar, partiendo de una frase del ya citado actual Ministro de Ciencia y Técnica: “promover la investigación en el sector privado”. Segundo, el modelo actual, que el expositor llamó “individualista”. Básicamente para referirse a la carrera continua por la publicación de papers y un lugar de prestigio dentro del campo académico. Tercero, un modelo por venir, aún inexistente pero que valía la pena pensar. Éste consistiría en grupos interdisciplinarios dedicados a problemas estratégicos sociales. Sus ejemplos al respecto surgían de la agenda misma.