El cuerpo torturado: una transición del mundo feudal al capitalismo

 contada desde el cuerpo

Walter Sanabria  (IES Dra. Alicia Moreau de Justo)

waltersanabria@hotmail.com

 

Resumen

El presente escrito tiene como objetivo demostrar que las transiciones no sólo pueden entenderse a través de variables económicas. El sufrimiento producido en el cuerpo del condenado ofrece muestras de cambio pertinentes, especialmente hacia fines del período medieval y mediante las instituciones de mayor relevancia como la Inquisición y por supuesto, la figura del rey. El planteo se centrará desde una óptica de la antropología filosófica, recurriendo a los soportes históricos necesarios.

 

Palabras clave: Tortura – Cuerpo del condenado – Reglamentaciones regias – Inquisición  - Transición.

 

Abstract

This paper aims to demonstrate that transitions can not only be understood through economic variables. The suffering produced in the body of the condemned offers signs of change, especially towards the end of the medieval period and through the most important institutions such as the Inquisition and, of course, the figure of the king. The approach will focus from an optic of philosophical anthropology, resorting to the necessary historical supports.

 

Keywords: Torture – Sentenced´s body – Regal regulations – Inquisition – Transition

 

Introducción

La bibliografía acerca de los instrumentos de tortura utilizados a lo largo del tiempo no es muy profusa pero sí muy ilustrativa. Museos de la tortura –como el de San Marino, por ejemplo- exponen a la vista de sus visitantes, las herramientas del verdugo como testimonio de una época que simula haber concluido. Pero como bien ya sabemos, esto no es así.

El presente escrito no intentará hacer un inventario de las prácticas utilizadas, en cambio se esforzará por graficar que los cambios socioeconómicos también generaron ciertas transformaciones en pericias tan horrendas como la de infligir dolores extremos en un ser humano acusado de haber cometido determinado delito.

Es menester aclarar que ciertas instituciones han jugado un rol preponderante en el giro de las causas judiciales de cada época, pero especialmente –y por la etapa que decide tratar el presente escrito- la referencia a la Iglesia Católica se torna imposible de soslayar; gracias a una de sus famosas creaciones: La Inquisición.

No significan estas palabras que se llevará a cabo una extensiva descripción de sus actos cometidos, pero al menos debemos tomar en cuenta que existe un imaginario que no siempre puede ser rotulado como verídico, como se verá más adelante.

Las explicaciones que se acostumbran a tener acerca del período que va desde el siglo XII hasta el XVIII, suelen rondar en una serie de hechos económicos que cambiaron al mundo occidental gracias al progreso de la ciencia y la tecnología pero también, quien escribe, cree posible poder explicar esto a través de una historia poco mencionada, opacada, historia que paradójicamente debería tener en el centro de su desarrollo al verdadero protagonista: el hombre y también su parte constitutiva más evidente; es decir, su cuerpo.

La historia del pensamiento de los grandes hombres de otrora pueden explicarnos muchas de las decisiones tomadas por los gobiernos, podrán graficarnos los cambios de paradigmas y más aún, los procesos sociales que tan bien conocemos, pero ¿sólo las ideas pueden ser testigos de dichos cambios? El cuerpo, esa conjunción de carne y fluidos ¿no se encuentra en posición de manifestarnos alguna explicación? Quien escribe cree encontrar una serie de rastros, una serie de respuestas que se pueden leer en el daño provocado por las torturas impuestas sobre éste por medio de giros en la justicia que en determinados momentos permitieron hacer de la tortura, una práctica legal y habitual en la Europa medieval y moderna.

 

El cuerpo medieval: la génesis del tormento jurídico

La recurrente idea acerca de los tormentos que se sufrían durante el Medioevo puede quedar en sólo un anecdotario fantástico cuando se analizan las diferentes fuentes documentales de la época. La tortura –si bien podía llegar a existir en algunos casos- se encuentra prácticamente ausente. De hecho, además de encontrarse prohibida, no estaba lo suficientemente bien vista por los reyes así como por cierto sector eclesiástico. Por supuesto, esta referencia no debe ser aplicada a todo el período medieval aunque sí a la mayoría de su duración. Pero bien cierto es que los tormentos se aplicaban como parte del proceso judicial a la hora de llevar a cabo el cumplimiento de la sentencia.

Esa concepción de la cual nos habla Le Breton acerca de la inseparabilidad del cuerpo individual y popular, puede llegar a ser tomada como una parte que se efectivizaba pero ésto no indica que fuera una regla general, es decir; no existe una homogeneidad acerca de esta idea. Entran en juego aquí, dos términos que revisten una gran importancia para nuestro propósito; a saber: la acusatio y la inquisitio. Dos maneras de comprender el tipo de pena y por ende, de ejecutarlas. La primera remite a la justicia privada; significa que el delito cometido tiene como principal afectado a la misma persona, y la segunda, a la pública, o sea cuando toda la comunidad se ve afectada por el hecho, en especial el rey. Aquí se termina aplicando la acusación llamada laesae maiestatis, el cuerpo del soberano había sido mancillado y ante esto debía responderse con celeridad.

El sistema acusatorio comprendía la primera parte del juicio para luego pasar a su segunda instancia; el inquisitorio, pero cabe recordar aquí que esta segunda etapa era manifestada por escrito, tanto las pruebas, los testimonios y la confesión son entregadas al juez para su evaluación y dictamen de sentencia. Es precisamente en esta instancia en donde recaen las sospechas, ¿la confesión no era desprendida de la tortura?

La respuesta es un No rotundo. En primer lugar, porque la confesión arrancada se encontraba desposeída de fuerza probatoria y en segundo lugar, su status social se tenía en cuenta a la hora de propinar dicho maltrato. Esto quiere decir que si un noble se encontraba acusado por un determinado delito, no podía ser torturado por el estrato social al que pertenecía (al igual que todos los hombres libres), tan sólo el esclavo podía llegar a ser víctima de tales tormentos[1], por ende, los nobles podían llegar a pedir las ordalías como medio probatorio de su inocencia, mas luego, estas prácticas quedarían prohibidas.

La Alta Edad Media (me refiero a los períodos merovingio y carolingio) presenta la casi desaparición de los tormentos (salvo por lo anteriormente dicho de los esclavos), aunque resurge con gran aceptación a partir del siglo XIII, coincidiendo además, con un proyecto que la Iglesia se encontraba preparando, el cual será el germen de la Inquisición[2].

No es casual que estemos presenciando uno de los espacios de tiempo más controversiales del Medioevo, no sólo por las desviaciones que la Iglesia Católica sufría en sus mismas entrañas, sino también ante el acelerado avance de una clase pujante: la burguesía. El modo de producción preponderante (el feudo) se encontraba en una crisis casi tan profunda como la institucional y el crecimiento de las ciudades, así como también de los diversos grupos milenaristas arengados por ideas joaquinistas[3] y peor aún; la invasión de la herejía más temida en territorio europeo (el Islam), generaron un caldo de cultivo propicio para justificar el clamor por el orden y la severidad en las penas.

Es el año 1135 el que va a marcar el comienzo de una nueva era en cuanto a las penas que pudieran ser ejecutadas, gracias a el hallazgo del De quaestionibus del Digesto[4], documento que impondría en gran parte de los reinos medievales, la reinstauración del derecho romano, y especialmente, uno de sus métodos: la tortura. Si bien para una masificación de dichas prácticas debemos esperar unos cuantos años más, para el siglo XIII, la reforma de las leyes corrientes eran un hecho. Tal es así, que podemos encontrar una modalidad que antaño no se tenía en cuenta: el procedimiento ordinario y el extraordinario. Mediante el primero, el acusado gozaba de ciertas garantías, tales como la de no poder ser torturado y acceder a su propia defensa; en cambio por el segundo, la tortura se encuentra admitida y además, será un procedimiento secreto y reservado para las infracciones graves. Esto significa que en el momento de aplicar el tormento a un presunto delincuente, dicha práctica era relegada exclusivamente al ámbito privado, al igual que su confesión. Pero el significado de estas prácticas horrorosas, ¿pueden ser el resultado de la violación del pacto social? De acuerdo a Le Breton, no quedan dudas, de hecho comenta:

 

La tortura apunta al hecho de haber faltado a las reglas en que se basa el pacto social. No en vano, los primeros cadáveres ofrecidos a los anatomistas fueron los condenados a muerte. Pero, a pesar de todo, descuartizado por el verdugo o por el escalpelo del anatomista después de la ejecución, el hombre sigue estando desde un punto de vista ontológico, entero. Y la Iglesia, aunque perita la disección con mucho celo, se preocupa porque el hombre “anatomizado” tenga derecho a una misa (a la que asisten, también, el anatomista y su asistente) antes de ser enterrado cristianamente. A pesar de sus crímenes, el condenado no deja de pertenecer al cuerpo místico de la Iglesia. Socialmente destruido, sigue siendo un hombre ante los ojos de Dios. (Le Breton, 1995: 35)

 

Esto puede resultar válido si lo analizamos estrictamente desde la perspectiva gubernamental o estatal, pero desde la concepción de las doctrinas imperantes hacia adentro de la Iglesia, pueden cambiar notoriamente. En primer lugar porque San Agustín[5] denota una diferencia sustancial entre alma y cuerpo, otorgando prioridad a la primera por encontrarla inmortal, perfecta y cuyo destino final no es otro que Dios, puesto que es su imagen. Esto quiere decir que el delito cometido es obra del pecado, obra de un factor exterior al cuerpo (y por supuesto al alma) por ende el castigo, el dolor al que se somete, no es a la facultad constitutiva del hombre, sino a su aspecto corrompido. Se puede alegar aquí que la injuria puede ser considerada como un crimen maiestatis, como anteriormente se ha dicho; una falta en perjuicio del rey, pero si recordamos los Tres Órdenes con los que se establecía la sociedad medieval, los mismos que tenían como principal figura a “los que oran”, es decir a la Iglesia, es a causa de esta afirmación que me permito decir que la verdadera ofensa era contra el mismo Dios y no precisamente en detrimento del tejido social. La simbología de época nos evidencia esta preponderancia de un estrato sobre el otro; tal es así que los reyes en su vestimenta utilizada en los desfiles (o bien en sus coronaciones) lucían una mitra debajo de su corona y otros elementos más característicos del ropaje eclesiástico, hasta tal punto que el sacerdotium presentaba un aspecto mucho más imperial y el rey, uno mucho más similar al clerical. El cuerpo místico de la Iglesia se convierte en un ente que conjuga todos los aspectos de la vida social especialmente a partir del siglo XIII mediante la bula Unam sanctam promulgada por Bonifacio VIII: "En razón de la fe estamos obligados a creer en una santa Iglesia, católica y también apostólica… sin la cual no hay ni salvación ni remisión de los pecados… que representa un cuerpo místico cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo es Dios". (Kantorowicz, 2012: 210).

 

Otra prueba de las ofensas cometidas contra Dios y por consiguiente, contra la Iglesia, fue la extrema crueldad con la que se atormentaba a los culpados por delitos de brujería, la blasfemia contra la fe de Cristo no sólo era una grave falta cometida en detrimento de la institución religiosa, sino una negación de la todopoderosa figura de Dios.

Esta última frase nos da pie para ingresar en una segunda etapa que se extenderá a lo largo de varios siglos, un lapso de tiempo en el que predomina el sistema de justicia de la Iglesia Católica y de su principal emprendimiento en contra de las herejías y las prácticas consideradas demoníacas. Es el turno de la Santa Inquisición y la instauración de las penas y los castigos más severos desprendidos de una de las bulas más terribles que ha dado la historia: Ad extirpanda, obra maestra del horror, cuya autoría pertenece al Papa Inocencio IV.

 

La Santa Inquisición o el martirio de Dios

Como ya hemos adelantado en el apartado anterior, su origen se remonta al siglo XIII, pero cabe aclarar que en sus orígenes no se encuentra el tormento como una práctica habitual. Presenciamos en este lapso de tiempo, el comienzo de lo que llamaré el “momento de transición”, es aquí en donde el Medioevo inicia su cambio en cuanto al tratamiento del cuerpo y a su vez, entra en juego la preeminencia de un nuevo modo de producción. Para ello, se hace menester una pequeña revisión acerca del objetivo final que la institución eclesiástica persiguió en sus orígenes.

La Inquisición de la perversidad herética (inquisitio haereticae pravitatis, tal fue su verdadero nombre), fue concebida para detener el avance de las diferentes voces disruptivas del discurso católico; por supuesto estamos haciendo mención a la lucha contra las herejías[6] –como bien indica su nombre-, una lucha que no fue repelida a través de la tortura, como comúnmente suele interpretarse. Los monarcas occidentales preveían a menudo una multa, la confiscación de bienes y la deportación como medio de purgar las faltas, siendo poco frecuentes las ocasiones en las que la pena era de índole capital. En cuanto a la Iglesia[7], la misma poseía sus propias penas, tanto espirituales como la más extrema que era la excomunión. Es decir, el cuerpo social tendía a separar al agente causante del daño, y a penalizarlo tanto en su alma (penas, excomunión) como en su cuerpo (pérdida de bienes, multas, etc.)

La situación cambiará radicalmente desde la aparición de la ya citada bula Ad extripanda (1252), aunque es probable que no sea más que una alineación con respecto a las leyes promulgadas por Federico II en 1228 (código veronés) y en sus Constituciones sicilianas de 1231, reglamentaciones por las que instauraba la aplicación de la tortura. Insisto en tomar esta práctica como una imitación de las leyes seculares, puesto que la misma bula expresa: “la tortura se aplica a los ladrones y asesinos, ¿qué son pues, los herejes sino ladrones y asesinos de almas?”[8]. Este dictamen de Inocencio IV, será ratificado por bulas posteriores como las de Alejandro IV (1259) y Clemente IV (1265).

Más allá de los suplicios físicos a los que se verían sometidos los protagonistas, es necesario aclarar que el factor mental fue una innovación muy utilizada por los inquisidores. Aquí las “trampas” (por no clasificarlas como engaño) juegan un rol muy importante. Los interrogatorios se convierten en la manera más cruda de confundir mentalmente al acusado y extraerle la tan mentada confesión[9]. Promesas de otorgarle la gracia del perdón, a sabiendas que no podrá cumplir con su palabra[10], especular con el tiempo del detenido para de esta forma aumentar la angustia del desdichado; son tan sólo algunas de las técnicas que han inventado los miembros eclesiásticos, nefastos ejercicios que se mantienen hasta la actualidad. La forma de quebrar física y emocionalmente a un ser humano puede decirse que ha sido una invención de la Iglesia, una invención que hasta se encontraba estipulada en diferentes manuales –como el Malleus Maleficarum, entre otros- que los inquisidores debían conocer para así llevar adelante con éxito su tarea; un verdadero ejemplo de cómo castigar el cuerpo y a la vez el espíritu.

La cantidad de información acerca de los procesos inquisitoriales son de una cantidad abrumadora y no es el objetivo del presente escritos reunirlos, tan sólo lo mencionado puede bastar para encontrar las herramientas necesarias en la detección de una transición del dolor.

 

La oscuridad del Humanismo

Durante siglos se ha repetido hasta el hartazgo –cometiendo un error grosero- que la Edad Oscura, es decir, el período medieval, está reservado a la crueldad, al salvajismo y a la falta de humanidad de los hombres de aquella época. Un “error” que el movimiento Renacentista se ocupó de divulgar y hacer perdurar hasta la actualidad.

La modernidad se halla como la época más oscura que la historia del hombre haya vivido hasta entonces. Desde la concepción de la tortura como un medio habitual, pasando por la nueva idea de la muerte instaurada en la mentalidad de los habitantes europeos, hasta las formas expresivas del arte ¿a qué se debe este cambio tan radical? Una respuesta posible es el cambio de percepción que se tiene sobre la muerte, especialmente –como bien identifica Philippe Aries- la muerte del otro, una acción morbosa quizás, pero muy evidente en el período; baste con citar la gran cantidad de ejemplos en la pintura con sus escenas de sufrimiento y erotismo a la vez: “de Tánatos a Eros; temas erótico-macabros, o temas simplemente mórbidos, que dan fe de una complacencia extrema en los espectáculos de la muerte, del sufrimiento y de los suplicios” (Aries, 2000: 64).

Así es como esa erotización de la que nos habla P. Aries,  también se traslada a las oscuras mazmorras de tortura; dejando entrever que los procedimientos aplicados al cuerpo solían hacer foco especialmente, en ciertas partes de las víctimas. Una de ellas era la boca. Aquí se puede observar una especie de contradicción con lo que nos plantea Le Breton con respecto a la invención del rostro por parte de los artistas. El autor nos refiere que la modalidad utilizada era una nueva significación del rostro, en especial de la boca; que pierde su preponderancia ante los ojos por considerarla un símbolo de la avidez, de la glotonería y del habla. Mientras tanto, las salas de tortura atacan con mayor énfasis ésta parte, al igual que la zona genital –tanto del hombre como de la mujer- así como la sección anal (el método del agua, la pera, la cama de Judas, la sierra, etc.). Por otra parte, la exposición de los cuerpos desnudos o semidesnudos en las jaulas colgantes o en las ruedas, servía como símbolo de escarmiento y severidad para el pueblo y a su vez, otorgaba ese espectáculo de morbo-erótico que tanto abundaba en la sociedad de aquella época.

Se puede argumentar que la tortura siguió su curso sin alteraciones evidentes. Esto puede ser cierto en cuanto a los métodos o herramientas utilizadas, pero no así en lo referido a los espacios en los que se lleva a cabo. Anteriormente se ha mencionado que el ejercicio de esta práctica se encontraba contenida en espacios ocultos a la vista, es decir, en un fuero reservado de la presencia ajena al procedimiento. Los cambios se pueden observar en las primeras décadas del siglo XIV, momento en el que se lleva a cabo en Francia un escarnio público por adulterio y más tarde; por una acusación de brujería y blasfemia contra la fe de Cristo.[11]

El suplicio abandona el ámbito público para ser reasignado a la oscuridad de las prisiones; pero con una variante muy característica de la época: el suplicio ya no tiene como objetivo el cuerpo como objeto de dolor, sino su libertad. Debemos recordar que la modernidad tiene como uno de sus principios el romper con el yugo de la religión, desentenderse de la opresión que generaron las monarquías durante siglos, adentrándose de este modo a la riquísima experiencia democrática, de elección y libertad que promulgan las nuevas ideas.

 

 

A modo de conclusión

Se ha hecho un pequeño pasaje por los momentos álgidos de la brutalidad judicial, tanto de la secular como de la religiosa y en ambos casos se pueden encontrar similitudes en los respectivos discursos. Relatos que se aplicaron a los cuerpos sin ningún tipo de pudor, prácticas que se ajustaron, de acuerdo a ciertos casos, a la perversidad de sus ejecutores así como también al excesivo celo por el orden. Así como la Iglesia se ha manchado de sangre, las monarquías se vieron satisfechas de hacer efectivas las leyes del mundo terrenal.

Los cuerpos, ese horrendo testigo de la perennidad, del pecado y los excesos, será el fiel reflejo de indecibles sufrimientos de una nueva era. Desde una reglamentación ordenada y casi inexistente, a un ejercicio común y aceptado por el poder político y el grueso del pueblo. La agónica práctica de los tormentos fue mutando por variadas causas, y el surgimiento de aquella nueva clase social, la burguesa, terminó por verla en acción sobre los integrantes más excéntricos de la época.

Las ordenanzas se suceden, como la de Bamberg (Bambergiana) de 1507, invención de Johan Freiherr zu Achwartzenber y la Ordenanza Carolina promulgada en 1532 por medio del rey Carlos V y si bien, han querido diferenciarse demostrando cierta “piedad”, el producto final fue idéntico. La inspiración italiana en ambos casos, se hace notar fuertemente, y en ella la tortura será reglamentada; vidas reglamentadas, cuerpos reglamentados. El mundo jurídico parece dejar en claro que el orden debe aplicarse en todos los niveles de la vida, desde el permiso para vender mercancías dentro de un reino hasta el laissez faire para sangrar al otro.

No debemos cometer el error de decir que la Europa de los siglos XII–XVIII era una masa uniforme en cuanto a las reglamentaciones. Inglaterra, por ejemplo, nunca reglamentó los tormentos. Y sectores como el español, fue absolutamente lo opuesto. El derecho romano se mantuvo durante siglos anclado en la Península Ibérica como una tradición que no convenía romper, y además, el rol de instituciones tales como el Santo Oficio se ganaron el respeto y el temor por medio de la severidad de sus penas y castigos, entidad que supo cómo “perfeccionar” aquellas prácticas romanas.

En todo momento en el que el delito de laessa meiestatis emergió, con ella se hizo presente la tortura. La ofensa cometida contra la figura del rey era considerada muy grave, pero aún peor se encontraba la falta contra la Divinidad; es a causa de esta última que la Iglesia obtenía la excusa perfecta para la imitación de las penas. Por más que sea cierto que dicha institución se negaba a derramar la sangre de sus hijos, dejaba al libre albedrío del poder secular la modalidad de los castigos.

La tortura, escribe Beccaria, era una herramienta que permitía purgar la infamia y esta concepción es tomada de las “ideas religiosas y espirituales que tanta influencia tienen sobre los pensamientos de los hombres, sobre las naciones y sobre las épocas” (Beccaria, 1984: 65). Como ya hemos visto, las disposiciones judiciales surgieron con anticipación, y la religión –mal que le pese a este jurista del siglo XVIII- las adoptó como aceptables y coherentes. La atrocidad de permitir semejantes vejaciones no significa escapar a las responsabilidades, por el contrario; la convierte en cómplice. Desde luego, no trato aquí de ejercer una defensa  eclesiástica, pero sí remarcar que los tormentos son una invención del hombre –ilustrado o no- que percibe la pérdida de poder y control sobre la comunidad. Su aplicación en la actualidad puede contener otras motivaciones, pero la finalidad sigue siendo la misma de antaño: la obsesión por obtener la prueba, la confesión.

Jules Michelet explica el martirio al que se veían sometidas las personas encontradas culpables de brujería, pero más aún en las disputas entre sacerdotes y juristas, muchos de éstos últimos de una inflexibilidad y crueldad por las que Torquemada quedaría ridiculizado. El arte de hacer sufrir se convertía en una competencia casi tan grande como las ansias por los metales preciosos. Esa fiebre por la sangre parece tener su correlato con la satisfacción del morbo social, cuya avidez se veían en obligación de saciar, al mismo tiempo que las arcas del estado y de la Iglesia engordaban gracias a las incautaciones. La rapiña hacía el doble trabajo: limpiar los huesos y los bolsillos del condenado.

¿Emergencia y triunfo de un modo de producción? Sí, es muy probable, pero no creo que la sed por lo pecuniario haya sido el único pecado que permitió un cambio de época. Otras variantes iguales o aún peores de codicia despertaron con similar intensidad: el cuerpo es testigo de esto.

 

Bibliografía

Aries, Philippe; La muerte en Occidente, Trad. Carbajo, F. y Perrin, R. Barcelona: El Acantilado, 2000.

 Beccaria, Cesare; De los delitos y las penas, Trad. Tomás y Valiente, Francisco, Buenos Aires: Ed. Orbis, 1984.

Cavallero, Ricardo Juan; Justicia inquisitorial. El sistema de justicia criminal de la Inquisición española, Buenos Aires: Ariel, 2003.

Kantorowicz, Ernst. Los dos cuerpos del rey, Trad.. Aikin Araluce, Susana y Blázquez Godoy, Rafael Madrid: Akal, 2012.

 Le Breton, David; Antropología del cuerpo y modernidad, Trad. Paula Mahler, Buenos Aires: Nueva visión, 1995.

 Mellor, Alec; La tortura. Su reaparición en el siglo XX. Su historia. Su abolición, Trad. Goñi Urriza, José y Galfrascoli, Germán O., Buenos Aires: Sophos, 1960.

Michelet, Jules; La bruja, Trad. Vivó, J. Barcelona: Mateu, 1970.



[1] La Ley de los Bávaros, IX, 19 –Le Burgunda, III, VII—Ley Sálica, tit., XL puede ser sometido dos veces a la tortura .Si es reconocido inocente se indemnizará a su dueño. Entre los burgundos, se aplicaba el mismo criterio a los extranjeros fugitivos, pues se les suponía que eran esclavos. Véase, Mallor, Alec, La tortura, pág. 65.

[2] Cabe aclarar que la tortura existía en algunos lugares, pero que en su mayoría no era utilizada. Inglaterra, por ejemplo, no se encontraba de acuerdo con estas prácticas, a diferencia de España en donde siempre fue aplicada y con mayor rigor, a partir de la creación del santo Oficio.

[3] Para una mejor comprensión del tema, véase la obra de Norman Cohn, En pos del milenio.

[4] Este documento fue hallado en la ciudad de Amalfi luego de la invasión pisana.

[5] La argumentación desde San Agustín se debe a la preponderancia de su pensamiento hasta la llegada de Santo Tomás de Aquino.

[6] En especial, la herejía maniquea. No se debe olvidar que estas doctrinas que tanto provocaban al orden establecido, no son propias de esta época. Podemos encontrar rastros en el evangelio de Juan cuando se refiere a los nicolaitas como aquellos grupos sectarios que venían a pervertir la doctrina de Dios. Véase Apocalipsis 2,6 y 15

[7] Tanto es así que el mismo Santo Tomás de Aquino –escribiendo en la misma época de San Luis- tampoco recomienda la tortura. Summa theologica, De Fide.

[8] “Teneatur potestas haereticus… cogeré citra membri diminutionem et mortis periculum, tanquam vere lationes et homicidas animaerrores suos expresse fateri” (Ad extirpanda, fragmento extraído de Alec Mellor, La tortura, pág., 93).

[9] Estos métodos fueron copiados por todas las épocas venideras, de hecho la Gestapo utilizaría las mismas argucias, así como cualquier interrogatorio policial que podamos imaginar.

[10] La imposibilidad de cumplir se debe a que el ejercicio de convertir a los herejes es en sí la gracia. Para mayor información sobre éste y las otras argucias elucubradas por los inquisidores, véase, Ricardo Juan Cavallero, Justicia Inquisitorial. El sistema de justicia criminal de la Inquisición española, págs., 93 a 97.

[11] Los procesos a los que me refiero son: el suplicio de los amantes de las nueras del rey Felipe IV de Francia y la desarticulación de la orden de los Templarios, respectivamente.