La vigencia de un problema fundacional de la filosofía en el siglo XX: la ínsita relación entre investigación y docencia

Marcos A. Thisted

 

 

Era febrero y el año todavía no se decidía a comenzar. Un grupo de amigos, en su gran mayoría profesores de filosofía, departían animadamente sobre distintos menesteres relacionados con las ocupaciones y preocupaciones filosóficas, extendiendo la sobremesa. Repentinamente, un chico de no más de diez años, hijo de uno de los escasos contertulios no-filósofos que estaban allí, acaso perplejo por los temas inauditos que se trataban, reflexionó en voz alta: “Ustedes son todos… profesores de filosofía…”. La conversación amainó; e inmediatamente, acaso sorprendido por el efecto que habían producido estas palabras, el chico prosiguió: “¿qué es la filosofía?; ¿qué hacen?, ¿qué enseñan ustedes?”. La imposibilidad de quebrar el silencio, al comienzo, pareció divertir a los amigos allí reunidos y en algunos rostros se dibujó una sonrisa; pero al persistir el mutismo, sobrevino cierta incomodidad: algo había que decir (¿acaso no eran todos profesores de filosofía?); sin embargo, nadie encontraba las palabras adecuadas. Afortunadamente, la llegada de una nueva ronda de café disipó la tensión. Casi inaudible, podía percibirse el lejano eco de la risa que una muchacha tracia prodigara al primero de los filósofos, Tales de Mileto, caído en un pozo mientras iba perdido en abstracciones celestes.

Lo que en ese vernáculo e improvisado banquete filosófico se había tornado patente, ha sido consignado ya por varios filósofos y estudiosos de la filosofía: la dificultad que experimentamos al intentar definir nuestra disciplina o caracterizar nuestra tarea. En efecto, ¿qué hacemos cuando hacemos filosofía? ¿en qué consiste nuestra labor como docentes de la filosofía? ¿Puede, en rigor, enseñarse lo que estudiamos? Tal vez sea cierto –como predicó Rousseau y sostenía Deleuze- que no podemos enfrentarnos a estas cuestiones en toda su dimensión sino tardíamente, en la sobria lucidez de la senectud. Y, sin embargo, no es menos verdadero que, aunque sea de forma provisoria y siempre vacilante, alguna respuesta debemos dar para explicar en qué consiste esta peculiar actividad que desarrollamos. 

Ése es el objetivo que nos hemos propuesto en el presente dossier: ofrecer un panorama actualizado –inevitablemente parcial- de las tareas que desarrollan los profesores de filosofía, que no se reduce a la docencia o enseñanza de la materia, sino que comprende tareas de investigación sobre temáticas específicas (investigaciones que, a su vez, suelen desarrollarse en el marco de programas y proyectos de investigación).

Que el vínculo entre docencia e investigación sea una característica distintiva de la tarea de los profesores de filosofía no es en absoluto una novedad. L. Althusser señalaba que este peculiar “matrimonio entre la filosofía y la enseñanza” se remonta a los orígenes mismos de la filosofía, y que no es efecto del azar sino de una necesidad que reside en la propia esencia de la actividad filosófica. ¿En qué consiste, pues, la necesidad del vínculo entre investigación y docencia en la filosofía? Acaso se trate del resabio de la tensión teoría-praxis, constitutiva de la filosofía desde su nacimiento, y que acompaña su desarrollo a lo largo de la historia (aunque con mutaciones significativas, pero siempre vigente) hasta la actualidad. Si esto es así, docencia e investigación constituyen –podemos aventurar nuestra opinión en este punto- dos polos o extremos de un arco que quienes nos dedicamos a la filosofía debemos recorrer como parte esencial de nuestra actividad. Estos no son contradictorios o incompatibles entre sí, sino que en su dialéctica, se retroalimentan y enriquecen mutuamente. Mientras que la investigación provee el ámbito para la fundamental actividad de la lectura, relectura, meditación e interrogación de las grandes obras filosóficas y el planteamiento de los problemas de la filosofía, la docencia brinda la ocasión para que esa actividad encuentre su utilidad y sentido (al mismo tiempo que genera las condiciones de su perpetuación).

Actualidad de la filosofía en Argentina: Investigación y docencia, el dossier que aquí presentamos, compendia seis respuestas brindadas por profesores e investigadores de filosofía a esta cuestión que acompaña nuestro quehacer. El lector del dossier encontrará que las contribuciones que lo integran abarcan un amplio espectro temático, ya que van desde investigaciones dedicadas a la física aristotélica (“La polémica de Aristóteles con los eleatas. En busca de la base dialéctica de la física aristotélica”, de María Elena Díaz), pasando por el análisis de problemáticas vinculadas a la lógica y a su didáctica (“Investigación en lógica y didáctica de la lógica”, comunicación colectiva de Ana Claudia Couló, Beatriz Frenkel y Gabriel Kakazu), hasta investigaciones relativas al surgimiento de la filosofía en la Argentina (“Ideas y prácticas intelectuales en la Argentina de comienzos del siglo XX”, de Natalia Bustelo; “El socialismo argentino y la cuestión moral”, de Pilar Parot Varela) y otras dedicadas a la reflexión sobre su actualidad (“¿Filosofía argentina”, de Lucas Domínguez Rubio; y las “Aguafuertes litoraleñas (no sin arrojo)”, de Ricardo Cattaneo).

La relevancia que tiene un dossier de estas características ha sido incrementada por los hechos que, sobre fines de 2017, han conmovido específicamente a la comunidad educativa del IES Nro. 1 y, en general, a los Profesorados de la Ciudad de Buenos Aires. Estos sucesos confirman una vez más hasta qué punto es esencial para la filosofía entregarse al ejercicio de repensar la función de su enseñanza, no para asumir tareas o utilidades que no le son propias, sino para que tanto los filósofos como los no-filósofos puedan comprender la relevancia que la docencia y la investigación tienen para la comunidad en su conjunto. Acaso fue René Descartes quien, en el albor de la filosofía moderna, expresó con mayor claridad este punto: “cada nación es tanto más civilizada y culta cuanto mejor filosofan en ella los hombres”; para lograr que esto suceda debe observarse que “el mayor bien que pueda haber en un Estado es el de tener verdaderos filósofos” (Carta de Descartes al abate Picot, AT, IX, B 3).